En fútbol como en cualquier deporte colectivo, el equipo funcionará mejor cuanto mejor funcionen las personas, pero esas personas con la misma camiseta comprometidas con referencias colectivas. Siempre dentro de una especificidad en un marco colectivo definido que abarque las cuatro fases de juego de un estilo de juego, el que se desea que se cumpla, el elegido para intentar ganar. Para ello se necesita que el equipo conozca los contextos y los reconozca fácilmente, aquellos momentos del juego en que se va a encontrar, que vivencie esos desafíos con antelación creando las condiciones idóneas para responder con regularidad y de manera eficaz.

Se aprende a jugar al fútbol y a formar un estilo de juego a través del ensayo y el error, pero se necesita ser minucioso para elegir el ensayo y comprobar la similitud con las fases de juego que queremos que se reproduzcan, simuladora del verdadero partido, todos esos momentos que vendrán el domingo tienen que cumplirse todos los días de la semana. Soy consciente de la diferencia de los entrenamientos y partidos, esta tiene que ver con la presión y emoción que allí solo se viven, siempre habrá expectativas y consecuencias durante una confrontación que nada tienen que ver con los momentos de preparación semanal, a pesar de ello se deben crear simulaciones de situaciones de partido y sobre todo insistir en el control emocional.

Me refiero a ese control del estado de ánimo de los jugadores en los entrenamientos, a menudo bajo condiciones exigentes, se pueda preparar emocionalmente aunque no se cumplan todos los parámetros de manera idéntica a una competición como antes he comentado, pero que ayude a que los jugadores identifiquen momentos y cuando surja la presión, ellos tendrán a su disposición un repertorio de respuestas y no se verán sorprendidos y por tanto, difícilmente se sentirán desequilibrados.

El viaje por la competición es duro jornada a jornada, pondrá a prueba a los jugadores en cada paso por este largo camino. Para ello habrá que disponer de una buena fortaleza mental, siempre tendrá que ver con las características de la personalidad de cada individuo, pero el día a día del equipo debe enriquecer con constancia y perseverancia la visión positiva ante las adversidades.

El mayor enemigo del jugador es muchas veces el propio jugador, no el rival que tenemos enfrente cada jornada. Sus dudas, sus miedos que se interponen en el camino de la confianza que no es más que un colchón mullido confortable por el que se avanza en la competición. Por tanto siempre habrá un punto de partida en el que los jugadores buscan superar sus temores que el desafío semanal de la competición siempre produce.

Cuando se trabaja duro, y se tiene compromiso, los jugadores ya sin darse cuenta comienzan a desarrollar una actitud ganadora. De un buen entrenamiento debería nacer un fuerte sentimiento de identidad fácilmente identificable, con la confianza por arrastre. Evidentemente los tropiezos inevitablemente vendrán y siempre retrasarán la evolución y ahí el jugador con su mentalidad resistente o poco resistente puedo demorar o acelerar el éxito. Cuanto más competitivo, más insensible se mostrará ante cualquier contratiempo. Por eso, las alegrías y las tristezas siempre durarán lo que nosotros queramos y nuestra obligación es olvidar todo lo antes posible.