La competición acaba de estrenarse y ya muestra sus exigencias, en realidad nunca para de serlo, siempre hay que ganar, nunca hay que dejar de hacerlo, se gana y hay que olvidar, se pierde y se necesita olvidar para que la memoria no te juegue una mala pasada al actualizar viejos errores. Todo esto se necesita porque si no lo haces, estas emociones atentan a la larga contra el futbolista y dañará todas sus posibilidades.

Tolerar el fracaso constituye uno de los indicadores para valorar el grado de madurez de un futbolista. No debe ese jugador estar lamentándose de continuo por lo que hizo sin tener que hacerlo, o por lo que omitió siendo su obligación llevarlo a buen término. Sentir una y otra vez dolor de un pasado es anularse permanentemente, ser enemigo de uno mismo. Tampoco optamos por la indiferencia, que dé lo mismo equivocarse que no, siempre habrá miedos para el futbolista, es uno de sus enemigos más encarnizados y porque el temor el pánico o el miedo que siempre aparece y muchas veces no se controla, anulan la personalidad del jugador. El miedo devora sin piedad a los más débiles y tiene que ser desterrado de los futbolistas sin ningún paliativo. Y no me refiero a la precaución, ni a la prudencia o a la moderación de la conducta en el juego que nada tiene que ver con ese miedo paralizante y antí­tesis de todo lo que significa el  espí­ritu competitivo.

Muchos serán los motivos por los que los futbolistas sufren esos miedos que bloquean, por un lado, incertidumbre del futbolista que no se atreve por inseguridad a tomar decisiones determinadas, siente miedo a relacionarse con sus compañeros, con su entrenador, porque no está seguro de que esos contactos o esa reciprocidad resulten positivos, todo esto puede llevar a arrinconarlo y convertirlo en un competidor inútil en ese equipo. Otros tienen miedo porque tienen expectativas de lo peor, sienten miedo al fracaso total, a no realizar lo que debiera y de la forma correcta. Ese temor no viene del peligro inminente, de una acción comprometida que hiciera peligrar el resultado sino de una suposición. Siempre se espera lo peor de uno mismo y no encuentra ese futbolista fuerza suficiente para compensar esa escasez de recursos positivos con los que conseguirá a superar su miedo.

Y por último, también aparecen los temores que suponen la amenaza real que proporciona un jugador rival que juega en un espacio compartido y te hostiga. Puede ser que no se sienta con fuerzas para oponerse a esas acciones, y opta incluso por no seguir luchando, capea como puede la superioridad del oponente, pero se deja abatir por sus propios temores.

Nunca lo sabes como entrenador a ciencia cierta el porqué de ciertos rendimientos individuales, porque tampoco ellos son capaces de descifrar el motivo de esa preocupación, de ese desasosiego, sienten una vaga inquietud, que no es propiamente miedo, frente a todo lo que signifique la competición o frente un determinado equipo o situación concreta que pueda darse en un partido, y esa misma indefinición es la que les asusta, el futbolista se siente acobardado y sin encontrar su sitio en el equipo ni en el campo debido a que efectivamente, el miedo también “juega”.

Como comentaba al inicio, la competición ya exige, ya se sabía, a unos les ha ido bien hasta adora, a otros no tanto, lo ideal es saber el motivo para que no sea nocivo para lo mental y lo táctico. Aunque siempre podremos recurrir al sabio dicho: Si ves aproximarse el buen tiempo, debes saber que llegará también la lluvia, el frio y el viento, porque siempre han de suceder las estaciones. Aprovecha el otoño para renovar, el invierno para podar, y la primavera, para abonar. Un buen día llegará el verano y entonces y solo ahí recogerás y disfrutarás lo sembrado CON ALEGRÍA O DESENCANTO.