El tiempo y el espacio unido a los ritmos que allí se producen, son realidades que condicionan la competición y su desarrollo, mucho más que un registro numérico puro y cuantificable de lo que allí se produce. Después de noventa minutos siempre hay que hacer un balance de todo lo sucedido, pero además de esos datos existe una gama amplísima de conceptos o de interpretaciones convencionales del tiempo, del espacio  y de sus ritmos de juego que nos definirán las situaciones competitivas con una mayor claridad.

Cuando hablo de espacio y   tiempo no me refiero a reloj y metros únicamente, sino a variables vivas que alientan todos los momentos de la competición. El espacio   tiene vida y manifiesta lo que en él se está haciendo, su mejor aprovechamiento supondrá una baza más próxima al éxito y el tiempo con su ritmo marcará la frecuencia de participación que habrá que descubrir en cada uno de los futbolistas.

Siempre manejando estas tres variables con minuciosidad nos podrá enseñar  porque un jugador en un momento o situación determinada y en un lugar del campo actuó como lo hizo. Sin una valoración ajustada no entenderemos casi nada de lo que estuvo sucediendo en un terreno de juego. Conjugar estos tres apartados adecuadamente nos proporciona observar el entramado de relaciones jugador-equipo, interiorizar comportamientos y automatizar respuestas instantáneas de manera inconsciente a lo largo de un partido y de la liga.

No todos los partidos son lo mismo evidentemente, dentro de ese terreno de juego existen espacios, ritmos y tiempos cambiantes e irrepetibles que crean un repertorio de actuaciones variables. Los integrantes se mueven de distinta manera y miden sus latidos con pulsaciones diferentes, no todo es igual para todos aunque aparentemente parezca lo mismo desde la grada, uno puede identificar un movimiento repetitivo en un jugador pero puede estar impregnado de una intención distinta, a un ritmo distinto con unas pulsaciones distintas, el espacio recorrido puede ser el mismo pero la vivencia no es la misma.

En un partido las situaciones posibles son ilimitadas, el recorrido, el tiempo, el ritmo y el conjunto de decisiones  forman una red tupida de relaciones de unos cooperando contras otros que lo impiden. Siempre será el espacio donde se compite diferente y nunca homogéneo, a velocidades distintas en tiempos y momentos diferentes, nunca será igual para todos, ya que siempre existirá una función distinta  en el juego, una forma peculiar de ver y sentir los acontecimientos que tienen lugar en ese minuto de ese partido, porque el espacio tiene su ambiente, su momento, su velocidad  y su sentido, es un mundo en miniatura donde a cada jugador le ocurren sucesos diferentes que tiene que resolver por acción u omisión, ahí será donde se jueguen sus frustraciones y sus éxitos en ese a momento, en ese instante y a esa velocidad elegida.

Vencer nunca será fácil, el rival es un jugador  que ocupa una posición compartida contigo y un equipo que acampa en espacios y se mueve a velocidades diferentes para dificultar la maniobrabilidad propia y favorecer la suya. Vistas así  las cosas, la confrontación se establece entre dos maneras de ocupar un mismo espacio. Frente a nuestro deseo de  encontrarnos bien colocados se opone el disgusto de sentirnos incómodos por la presencia del contrario, tratará siempre de que no discurramos por el alegremente y sin tomar precauciones de todo tipo. Siempre será la disputa de un espacio, en un tiempo y a un ritmo que nos permita vía libre al gol en la portería contraria y evitarlo en la nuestra junto con el acierto y desacierto de los nuestros y de los que están enfrente con una camiseta diferente.