La competición es siempre oposición, no digo nada nuevo que nadie no conozca, pero para algunos esta oposición está únicamente asociada a los demás, a los rivales que el calendario dicta, siempre a los otros, a los equipos que nos tocan en suerte cada semana. Ahí, supuestamente  terminarán las exigencias de esa oposición, batir rivales, partiendo de que los únicos requerimientos posibles vendr­án desde fuera del propio equipo.

Casi siempre obviamos o nos olvidamos que existe otro foco de oposición importante, que a menudo y no pocas veces nos crea dificultades mucho más grandes que las que nacen de cualquier rival. Esta oposición o este rival o este gran enemigo va contra nosotros mismos desde nosotros mismos, indicando claramente que cada uno es su primer y propio oponente. ¿Quién es el verdadero enemigo cuando se reconocen situaciones humanas siempre cercanas al fracaso o negativas? Todos escuchamos alguna vez a los protagonistas frases como: nos traicionaron los nervios, nos confiamos demasiado, nos faltó actitud, tuvimos un exceso de responsabilidad.

Podrí­a rellenar un folio fácilmente y encontraría situaciones negativas que nacen desde dentro de uno y que no tienen nada que ver con el rival de enfrente. En esta enumeración en la que se reconoce públicamente una serie de estados de ánimo bajo el signo siempre de la derrota en la batalla anterior, no hay lugar para la acusación ajena, porque nadie, sino uno mismo, puede responsabilizarse de ellos, el rival como mucho, habrá sabido aprovecharse de las debilidades ostensibles de este equipo y habrá resultado vencedor, pero no ha influido directamente en la derrota, o ha influido mucho menos de lo que nosotros creemos, porque los verdaderos orígenes son otros. Sucede muchas veces que resulta más fácil decir que uno ha puesto de su parte todo lo que ha podido y no aceptar esas vivencias humanas que enuncié anteriormente, esa vida interior que nos conduce al fracaso y escudarse o depositar la raí­z de la derrota en apartados ajenos a uno mismo, que cuando no son atribuibles a la mala suerte, podrán serlo los árbitros o simplemente los rivales, que también juegan.

En cada enfrentamiento hay dos rivales que batir: el contendiente que dicta el calendario, que obstaculiza nuestro trabajo y la del oponente que causa impedimentos desde dentro de nosotros mismos. Y lo más duro de todo esto, es que ambos se dan simultáneamente y se alí­an para vencernos, en proporciones distintas dependiendo de las épocas y según las personas. Todo este proceso espinoso pertenece como todo lo relativo a las personas, a la difí­cil estabilidad afectiva que media entre el futbolista ser humano y los compromisos adquiridos, de ahí­ que tengamos los entrenadores que contar con este problema para no sentirnos fracasados sin motivo. La lección mejor aprendida serí­a: que ningún entrenador puede esperar verse libre de esa presión del oponente, porque en resumidas cuentas la competición es suma de oponentes y de oposiciones que nacen dentro de nosotros y muchas veces  no tienen mucho que ver con los contendientes.