No es tiempo lo que le falta al fútbol de hoy ni de siempre, en noventa minutos hay tiempo de sobra para crear numerosas oportunidades de gol y de sufrirlas, porque en una fracción de segundo todo puede pasar, el acierto definitivo y el fallo más espectacular, lo vemos cada fin de semana, en ocasiones apenas hay tiempo para darse cuenta de lo que está sucediendo, y la rapidez de las jugadas sorprende la atención menos despierta de quienes no acertaron y  a quienes no supieron mantenerse concentrados y activos durante todo el tiempo de juego. Todos los momentos del partido son importantes, los iniciales, los finales y los que están entre ambos, nunca habrá excusas que justifiquen descuidos por aquello de que aún no se ha entrado en juego o porque estaba cansado porque está próximo el final del partido.

El balón siempre puede llegar con facilidad a la porterí­a, por el aire o a ras de hierba y nadie está libre de un susto en cualquier instante y dar al traste con las ilusiones de un equipo. Por tanto, la duración de los partidos es la que es, se trata en definitiva, de un aprovechamiento de ese tiempo y todos no lo emplean adecuadamente. Cualquier competición vive de los resultados, y estos se identifican con los goles adquiridos y recibidos, no hay otro camino que conseguirlos y evitarlos, lo demás será casi como tiempo a veces desaprovechado, casi muerto podríamos decir, tiempo de pérdidas de llegar al área contraria, pérdida de goles convertidos, tiempo este que vendrá bien en un entrenamiento pero que no encuentra su espacio donde la lucha contra el reloj es un tiempo cronológico que no tiene significación si uno no consigue lo que se propone.

El tiempo es el que es, tiempo del que cada equipo dispone para las mismas oportunidades y que luego cada uno utilizará a su manera confirme a sus recursos de tiempo fructífero. El tiempo útil de los jugadores de un equipo de fútbol no es un dato de apreciación infalible sobre el que establecer con garantí­a una respuesta
futura. Es decir, no podemos asegurar con certeza, sin temor a equivocarnos como será ese tiempo provechoso en el partido que vayan a jugar a continuación. No hay previsiones ciertas, sino, todo lo demás, aproximaciones a ese tiempo ventajoso, por la sencilla razón de que lo colectivo, el grupo humano también tiene su tiempo útil que marca el régimen de relaciones y frecuencia de participación entre todos los componentes del grupo. Hay que sumar el tiempo de todos ellos, apreciar sus posibles variaciones y los altibajos que puedan surgir en el seno del equipo.

Si pudiéramos detener el juego en cada momento  y retratar la red de relaciones simultáneas que se establecen entre el tiempo útil de todos los jugadores, quedarí­amos sorprendidos por la cantidad de matices que no se ajustan a nuestras predicciones. Un equipo puede tener un único pensamiento, un único objetivo, ganar un partido o una competición. Todos aglutinan su motivación detrás de ese deseo de victoria, pero la cristalización de todo ese motor emocional que van mostrando los sucesivos jugadores en el partido, durante los primeros minutos, los últimos  minutos, los segundos que preceden al descanso, es distinto en unos que en otros, porque en el fútbol las cargas emotivas condicionan y cambian a los hombres radicalmente que no pueden liberarse del contagio, del contacto, de la relación de dependencia mutua que les liga.

El futbolista en un partido intenta aislarse de cualquier referencia que no sea su respuesta inmediata, del tiempo pasado y del futuro aunque ese recuerdo de lo anterior y ese temor de lo que pueda suceder le lleve a alejarse de su mejor versión. El tiempo útil de cada uno cataloga al jugador como persona válida para su profesión, este tiempo útil es el que se manifiesta en cada partido por tanto hay que aproximar en cada sesión de entrenamiento a cada jugador a esos momentos vitales para que los vivencien y los identifiquen de manera inconsciente en cada enfrentamiento. El entrenamiento se justifica y se prepara como si fuese el partido desmenuzado, solo de esta manera el jugador tendrá una referencia clara y concisa de su papel y de su rol dentro del plan de juego de su equipo, aunque muchas veces ni siquiera lo interprete. En este tiempo de aprendizaje, en lo que tarda un jugador en darse cuenta de los contenidos de sus cometidos que se le explican en el entrenamiento y lo que le cuesta incorporarlo a su tiempo útil radica la dificultad mayor para alcanzar un rendimiento colectivo constante con un tiempo colectivo útil, provechoso, fructífero  y homogéneo.